Muchas veces quisiera ser como los niños, que se contentan a los 5 minutos de haberse peleado, y a los 10 olvidan hasta que estuvieron peleados alguna vez. Mi problema es que ni siquiera he peleado. La madurez nos hace más estúpidos en algunos sentidos, y más perspicaces en otros. De niños también somos más vulnerables, pero irónicamente somos más osados. Al crecer, cambiamos el miedo a la oscuridad por el miedo al rechazo; los minutos de enfado por días, y los "-¿qué te pasa?" por los "(¡qué idiota! Ni siquiera me pregunta qué tengo)", por pejemplo. Pero al final, si dejamos que el orgullo hable por nosotros, el silencio será todo lo que nos digamos; el silencio será una indiferencia perfecta. ¿Orgullo? ¡Qué palabra tan etimológicamente absurda! No me siento orgulloso en lo absoluto de ser orgulloso. Lo único que sé es que para aprender necesito equivocarme. La cuestión es que no quiero equivocarme.
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