Esa noche en especial, fue más oscura de lo normal, a pesar del alumbrado público. Y también fue fría.
Las noches en Ciudad Barroca siempre eran extravagantes. Por un lado, la música, la gente, el licor, los carros, la alegría. Por el otro, los silencios, el vacío, la ausencia, la dejadez, la tristeza. Ese contraste de sombras/iluminaciones, de sonidos/silencios, de alegría/tristeza. Era todo siempre exagerado. Tanto de un lado, como del otro.
Y en una esquina, de esas en donde todo puede pasar, donde la mitad está alumbrada con esa luz cobriza y brillante que enceguece y la otra queda en las sombras, fue donde todo -o nada- pasó.
Tú, desde la luz; yo, desde la sombra. Nos cruzamos en la esquina. En ésa esquina. Nuestras miradas se encontraron, nuestros corazones hablaron, nuestras bocas callaron. Pasó de todo en ese instante, y, sin embargo, nada pasó.
Sabía que habría de amarte desde ese momento. Pero el temor a no ser correspondido, sepultó toda acción. También sabía que no sería la última vez que te vería, aunque no supiese nada de ti más allá de lo que habían visto mis ojos.
Esa noche en especial, fue más oscura de lo normal, a pesar del alumbrado público. Y también fue fría. Y lo fueron todas las demás, a partir de ese momento. En esa esquina, donde habría de esperarte, todas las noches, desde el rincón oscuro. Aunque quizás nunca supiste que yo estaba allí, esperándote. O tal vez sí...