"Yo me enamoré de la luna cuando la vi brillar con una intensidad tal que me
deslumbró; fue amor a primera vista. Me desenamoré de ella cuando supe
que no brillaba con luz propia; que reflejaba la luz del sol. Pero
cuando me fui buscando el brillo original, ese que la luna reflejaba,
entendí que lo que amaba no era el brillo como tal, sino la forma en
cómo la luna lo reflejaba. Ahora, me gusta más la noche de luna llena
que el día soleado, y aunque no le exijo que salga todas las noches, la
tengo conmigo siempre. Yo dejo que vaya y venga a su antojo, porque, al
fin y al cabo, tenerla siempre es imposible. Además, me perdería el
brillo y la belleza de las estrellas alrededor si ella estuviera siempre
presente, y dejaría de deslumbrarme su brillo, me acostumbraría a él.
Así, aunque ella brilla con luz ajena, yo amo la perfecta forma en la
que refleja el brillo."
Dicen que no hay mejor sensación que estar con alguien con quien poder ser tú mismo sin ser juzgado en lo absoluto. Lo complicado es encontrar a esa persona, porque no hay peor nostalgia que esa que sentimos al añorar algo que nunca ha sucedido, ni a alguien que nunca ha existido en nuestras vidas. Quién sabe, quizás ande por ahí, rondando más cerca de lo que pensamos, pero no lo sabemos o no lo vemos porque tenemos en mente otra imagen, otra visión de lo que es, lo "idealizamos" distinto. Ser "idealista" es un grave problema para todos: para unos por esperar
demasiado de alguien y para otros porque no alcanzamos esos "ideales".
Idealizar no es tan malo después de todo. Lo grave son los excesos (o deficiencias). Es decir, tenemos unas expectativas con respecto a lo que queremos en nuestras vidas. Lo malo llega cuando cruzamos la línea (esa delgada y confusa línea) entre lo real y lo imaginario. Tras el transcurrir de los años, vamos perdiendo la esperanza de encontrar a esa persona "ideal" que llene por completo nuestras expectativas. Se convierte en un arma de doble filo: por un lado, conformarnos con lo que conseguimos y no con lo que nos merecemos (o creemos merecer); por el otro, quedarnos solos esperando a esa persona que nos complemente, tal y como la imaginamos (y que tal vez nunca llegue).
Al final, cuando nos enamoramos (cuando realmente lo hacemos), lo hacemos de la persona que menos nos imaginamos, y lo hacemos sin saber por qué, y dejamos a un lado los "ideales", tomando los defectos y las virtudes del mismo paquete, sin saber diferenciarlas. Quizás eso es lo peor de todo: no saber por qué nos enamoramos de esa persona. Un viejo proverbio dice que "no es amor si te gusta alguien por su físico, eso es deseo; si te gusta por su inteligencia, es admiración; si te gusta por su dinero, es interés; pero si no sabes, si no logras definir por qué te gusta... Entonces eso, eso sí es amor".
Creamos en nuestra mente, tal vez sin saberlo, un monstruo, una especie de "Frankenstein", conformado por los trozos de viejos amores, de viejas ilusiones, y de viejas sensaciones que nos gustaría revivir. Y cuando por fin está terminado, cuando "vive", es tan monstruoso, que no sabemos qué hacer con él, y empezamos una batalla de supervivencia, entre él y nosotros, donde él nos persigue, y nosotros huimos. No recordamos por qué lo hicimos en primer lugar, sino esa última vez que lo vimos vivo, todo junto, ya creado. Y nos da miedo, miedo de que sea real, de que nos alcance, de que viva algo así cerca de nosotros, porque así somos nosotros, los seres humanos: nos gusta la perfección, pero le tememos, porque es monstruosa.
Quizás hay que dejarse llevar, no por los idealismos, sino por los realismos, sabiendo que hay virtudes que nos deslumbran y que no son tan extraordinarias como pensamos, y hay defectos que nos disgustan, pero que no son tan malos como creemos.
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