Son las once de la mañana. Once de la mañana en Caracas; en Venezuela; en el Caribe. Las mismas once horas de ayer, y sin embargo en nada se parecen. O sí. No son las mismas once de hace once años, ni las mismas once de los '80. Ni de los '70. Ni siquiera las del siglo XX, o XIX, o XXII.
Son las once de ahora. Y el "ahora" está condicionado por las acciones de sus habitantes, de sus vivientes (o vividores); de ti, de mí, de nosotros. Es un ahora distinto al ahora de un gato doméstico, o el de un perro callejero.
No. No es el mismo ahora. Son las once de la mañana. Las once de una mañana colorida, como ninguna otra. No como la de ayer, no como la de mañana. Una hora propicia para distinguir todos los colores del arcoiris. O al menos, eso parece. Cada hora tiene su color. Y cada color varía con el tiempo. Será que al de las once le ha dado mucho el sol, y la ha decolorado.
Ya se verá dentro de unos cuántos años, si las fotos de hoy, se ven con ese tono semi-amarillento de los tardíos '60, de los transitivos '70, o de los memorables '80; o con ese tono grisáceo que rodea a los '30, los '40, y hasta los '50; o con ese tono sepia que caracteriza a las primeras fotografías, hasta los '20.
En una ciudad como la nuestra, las once de la mañana es la pre-hora del almuerzo. Es la última hora de la mañana. Es una hora muy viva; y a la vez, tan muerta...
Son las once. Hora de la misa dominguera. Hora de diversión en la playa. Hora de levantarse. De vivir.
