lunes, 7 de octubre de 2013

Ella

Ella no era como otros amores, llenos de magia, de ilusión, de ternura y de adorables emociones. Era simplemente algo que no podía explicar. Y era precisamente eso lo que la hacía tan especial: su peculiar forma de ser. Tuvo grandes amores, y buenos pretendientes, pero siempre supo lo que quería. Tenía convicción, carácter y algo más. Era admirable, pero humana, con sus virtudes y con sus errores. Era alguien agradable, pero en cierto aspecto, asocial.

Siempre tuvimos cierta especie de empatía, por aquella cuestión de similitudes vivenciales, pero nunca se lo dije. En realidad, nunca le decía nada. Nunca le dije nada. En un principio, lo tomé más como esa empatía, que como cualquier otra cosa. Me agradaba estar con ella, hablar con ella, salir con ella. Me uní a su círculo de amigos. A su familia. Cada vez tenía más y más cosas en común con ella.

Y de repente lo supe, vino a mí como una visión, como una premonición: supe que la quería, que la quería más de lo que podía imaginar (en realidad más de lo que yo podía aceptar). Quizás siempre lo supe.

Había que comenzar, volver a empezar. Aunque sabía que mi corazón posiblemente no resistiría, había que intentarlo. Tenía que volver a amar. Amarla a ella. Pero ya no sabía cómo. Había derribado y construido tantos muros y murallas alrededor de mi corazón, que era lo único que sabía hacer, lo único que recordaba. No podía ofrecerle esto que era, en lo que me había convertido: una especie de desastre, de ser apático, ensimismado, sin expresividad, lleno de emotividades reprimidas, y que sin embargo, sabía ocultar muy bien ante la mayoría de las personas.

Y fue así como un día, sin saber cómo, sin saber por qué, supe que era ella el motivo para ser lo que siempre debí ser. No podía decirle que era ella a quien quería a mi lado. Temía que me rechazara por lo que era: por cobarde. No podía llegar y decirle: "mira, te quiero". Porque un "te quiero" es tan amplio como el mar. Tenía que definirlo primero. Y allí radicaba el primer problema: que no sabía cómo. No podía demostrárselo, porque ella podía malinterpretarlo. Y allí radicaba el segundo problema: que no sabía expresarlo. Así que hice lo que mejor sabía hacer, en lugar de hacer lo que debía haber hecho: escribí en lugar de buscar la mejor manera de demostrarlo, de definirlo.

Y mientras tanto, ella ha sido mi inspiración desde entonces, mientras escribo, mientras pienso, mientras todo. Al menos de lejos te percibo mejor.

lunes, 30 de septiembre de 2013

mamihlapinatapai (miradas que hablar pueden)

Si pudieras entender mis miradas, sabrías lo que mi boca calla.
Si yo pudiera ver lo que se esconde tras la tuya,
quizás pudiera saber lo que callan tus labios.

Y es que nuestras miradas dicen una cosa,
nuestras bocas otra, y nuestras actitudes otra más.
¿Irónico, no? Todo un compilado de lenguajes,
para que al final no podamos entendernos.

Leer las miradas no es cosa fácil.
A veces el subconsciente nos engaña haciéndonos creer
que vemos lo que queremos mirar en ellos.

Pero leer las miradas (así como cualquier lectura)
es algo gratificante, para el que gusta de leer.
Y tu mirada es como esa clase de libros
que puedo leer una y otra vez sin cansarme,
porque en ella encuentro -cada vez que la leo-
un significado distinto, aunque tenga siempre escrito lo mismo.

Mucho antes del habla, las miradas comunicaban
lo que con palabras no sabíamos expresar de otra manera.
Y cualquiera que se haya enamorado -o desenamorado- 
alguna vez a través de la mirada,
sabe que hay miradas que difícilmente las palabras puedan explicar.

En todo caso, el acto de mirarse a los ojos
esperando que el otro inicie lo que ambos desean,
pero que ninguno se decide a comenzar,
sí puede definirse en una palabra: mamihlapinatapai.
Y me encanta mamihlapinatapaizar contigo.


PD: Si los ojos son la ventana del alma, las miradas son los cristales de esa ventana. Por más que cambies los cristales, o que estén sucios, empañados, o rotos, dejarán entrever lo que hay detrás de ellos.

miércoles, 24 de julio de 2013

Eres como una pulga en mi corazón.


Eres como una pulga en mi corazón.
No por lo pequeña, sino por la picada que dejas en él.
Y aunque sé que tarde o temprano sanará,
¡Diablos! ¡Cómo pica!

Eres como una pulga en mi corazón,
pequeña, delicada, frágil, casi inerte,
ágil, saltarina, alocada, no tan inerte,
fastidiosa, escurridiza, para nada inerte.

En realidad, eres una pulga en mi corazón.
Mi corazón que ya de por sí,
es alérgico a las picadas,
la tuya le hace mal.

Hasta he pensado en la posibilidad de echarle pulguicida.
Pero no, en realidad no quiero matarte, solo ahuyentarte.
Porque aunque lo niegue mil veces,
me gusta rascarme el corazón.


martes, 11 de junio de 2013

Crisis de identidad

esta nota está hecha para no ser leída. Aunque tenga dedicatoria.

Para mí.

Te escribe tu otro yo; ese que te mantiene cuerdo, desde hace unos cuantos años, y que sólo hasta ahora me doy cuenta que te he hecho daño todo este tiempo. Debería escucharte más seguido. Total, somos la misma persona, aunque no congeniemos en casi nada. Al principio tomé el control de todo, y poco a poco te fui dando espacio. Te di los fines de semana, y paulatinamente has tomado las noches, los días de la semana. Y creo que ha llegado el momento de partir. Toda despedida es difícil, Lo sé. Pero será lo mejor para ambos (creo). Me parece que hemos llegado a la brecha que inevitablemente habría de suceder: crisis de identidad. Ya la razón por la cual me llamaste, ha desaparecido. Lo comprobé hace poco. Y no veo la razón por la cual debamos seguir. No te preocupes, quizás vuelva contigo, pero cuando estés preparado nuevamente para recibirme. Por ahora, disfruta la libertad con moderación, toma precauciones, cuídate. Aunque sé que no me harás caso, es mi deber decírtelo. Creo que ahora invertiremos los papeles. Pero si es lo mejor para nuestro bienestar, que así sea.

Con cariño, yo (o tú, ya poco importa)


sábado, 20 de abril de 2013

Hoy es "uno" de esos días...


Hoy es de esos días en los que despiertas lleno de sentimentalidad inerte, estimulada por la nada. De esos días en los que anhelas la tranquilidad y felicidad de la ignorancia.

Hoy es de esos días en los que sueñas despierto, y duermes sin sueño. De esos días en los que podrías llorar sin razón, sólo por el simple hecho de pensarlo.

Hoy es de esos días en los que provoca vomitar sentimientos. Incomprensibles, incómodos, inocuos, insípidos, imberbes, inertes, inexpresivos, inventados. ¿Me refiero a los días, o a los sentimientos? Ya me he perdido.

En fin, hoy es de esos días en los que piensas tanto, que terminas con la mente en blanco, con el día gris, y con el ánimo negro. En ciertos momentos, la vida alterna entre el "blanco y negro" y la "escala de grises".

Pero al final, como todo, ese día acaba. Quizás no dure 24 horas, como los demás. Pero acaba, al fin y al cabo. La relatividad (con teoría o sin ella) llega a ser bastante irritante, a veces. Pareciera que se aliara con la ley de Murphy, para joderte la vida, literalmente. (a alguien hay que echarle la culpa, siempre)

En resumidas: hoy es uno de esos días en los que deseo estar contigo. Y no puedo.


lunes, 4 de marzo de 2013

Los adioses

Esta historia es real. Le pasó a un amigo de un amigo mío. Él no tuvo cuidado con lo que le pedía al universo, y obtuvo lo que quiso, sin quererlo.

Siempre fue un chico solitario. Nunca quiso molestar a nadie, ni molestarse por nadie. Y era esa la razón por la cual siempre estaba y se sentía solo. Siempre deseó compañía; y ahora que la tenía, no la quería. Irónico, ¿no?

Ella siempre lo quiso. Él se dejó llevar. Ella, buscaba amor. Él, compañía. Siempre lo supieron, pero ninguno se detuvo. Él siempre mantuvo su postura, y fue ella quien cruzó la línea. La delgada línea entre luchar, y rogar.

Luego de un tiempo de verse a escondidas, de hacer lo que se podía, y lo que no también, a la luz, a la sombra, perdiendo el pudor, y el miedo, ambos se enamoraron. Ella, de él. Él, de otra.

Ambos sabían que ese momento era inevitable. Tarde o temprano, llegaría el momento de hablar. Y hablaron. Él nunca quiso hacerle daño, pero a ella le gustaba el dolor. ¿Era ese el adiós definitivo, o seguiría siendo un adiós dilatado, retardado y agonizante?

Al final, ella insistió. Y él, siguió dejándose llevar. Él siempre tuvo esa extraña manía de no poder decir que no. Y hasta ahora, él sigue queriendo terminar, y ella queriendo seguir.

Si los adioses son dolorosos, sean como sean, entonces, ¿vale más un adiós temprano, o un adiós tardío?

No lo sé. Pero parece que a las personas les gusta sufrir más de lo necesario, y quejarse por ello.