Ella no era como otros amores, llenos de magia, de ilusión, de ternura y de adorables emociones. Era simplemente algo que no podía explicar. Y era precisamente eso lo que la hacía tan especial: su peculiar forma de ser. Tuvo grandes amores, y buenos pretendientes, pero siempre supo lo que quería. Tenía convicción, carácter y algo más. Era admirable, pero humana, con sus virtudes y con sus errores. Era alguien agradable, pero en cierto aspecto, asocial.
Siempre tuvimos cierta especie de empatía, por aquella cuestión de similitudes vivenciales, pero nunca se lo dije. En realidad, nunca le decía nada. Nunca le dije nada. En un principio, lo tomé más como esa empatía, que como cualquier otra cosa. Me agradaba estar con ella, hablar con ella, salir con ella. Me uní a su círculo de amigos. A su familia. Cada vez tenía más y más cosas en común con ella.
Y de repente lo supe, vino a mí como una visión, como una premonición: supe que la quería, que la quería más de lo que podía imaginar (en realidad más de lo que yo podía aceptar). Quizás siempre lo supe.
Había que comenzar, volver a empezar. Aunque sabía que mi corazón posiblemente no resistiría, había que intentarlo. Tenía que volver a amar. Amarla a ella. Pero ya no sabía cómo. Había derribado y construido tantos muros y murallas alrededor de mi corazón, que era lo único que sabía hacer, lo único que recordaba. No podía ofrecerle esto que era, en lo que me había convertido: una especie de desastre, de ser apático, ensimismado, sin expresividad, lleno de emotividades reprimidas, y que sin embargo, sabía ocultar muy bien ante la mayoría de las personas.
Y fue así como un día, sin saber cómo, sin saber por qué, supe que era ella el motivo para ser lo que siempre debí ser. No podía decirle que era ella a quien quería a mi lado. Temía que me rechazara por lo que era: por cobarde. No podía llegar y decirle: "mira, te quiero". Porque un "te quiero" es tan amplio como el mar. Tenía que definirlo primero. Y allí radicaba el primer problema: que no sabía cómo. No podía demostrárselo, porque ella podía malinterpretarlo. Y allí radicaba el segundo problema: que no sabía expresarlo. Así que hice lo que mejor sabía hacer, en lugar de hacer lo que debía haber hecho: escribí en lugar de buscar la mejor manera de demostrarlo, de definirlo.
Y mientras tanto, ella ha sido mi inspiración desde entonces, mientras escribo, mientras pienso, mientras todo. Al menos de lejos te percibo mejor.



