domingo, 17 de julio de 2016

Un castillo de tristezas

La tristeza es densa como una piedra.
Puede ser usada como contrapeso
para lanzarse al río y ahogarse como un pendejo,
mientras la corriente pasa por tu cuerpo,
o usarla como punto de apoyo,
como una palanca que multiplica tu fuerza.

Las piedras son moldeables (aunque no fácilmente),
un toque aquí, otro allá...
Más dura que otros materiales,
cambia con el toque adecuado.
Y aunque no puedas regresarlas a su estado original,
pueden seguir cambiando hasta desaparecer.

Y si la tristeza es semejante a las piedras,
entonces hagamos que cambie hasta desaparecer.

Las piedras son usadas como herramientas,
y como tales, sirven para construir o para destruir.
Por sí solas son inertes,
pero pueden sernos beneficiosas o perjudiciales,
según el uso que le demos.
Construyamos un castillo de tristezas.
Y por muy paradójico que suene,
construyamos nuestra felicidad dentro de ella.


miércoles, 23 de diciembre de 2015

Ansiedad

Escribo esto con un vacío que no he podido llenar con nada. Algo le falta a mi vida (o tal vez algo tengo que quitar de ella) para que vuelva a ser lo que era antes, pero, ¿cómo vacío el vacío? ¿Como deslleno lo que no tiene nada? En lo más profundo de mi ser, creo tener la respuesta, pero cuando creo alcanzarla, se aleja, como si jugáramos al gato y al ratón.

Tal vez no se trate de desllenarla, sino quizás simplemente cambiar el contenedor. No lo sé. No sé si algún día llegue a alcanzar la respuesta, así que mientras tanto, seguiré intentando, tal vez encuentre un atajo, o probablemente me acostumbre al vacío, y no se sienta tan incómodo.

Lo cierto es que, mientras intento ser lo que quiero ser, soy lo que no quiero ser. Y no puedo evitarlo. Tal vez sea cuestión de perspectivas, y esté lleno de algo que no quiero tener, en lugar de estar vacío de algo que quisiera llenar.

La vida va y viene, y siempre me consigue en el mismo lugar. La próxima vez que me la tope, le preguntaré si quiere cambiar de lugar, así yo iré y vendré, y ella me esperará en el mismo lugar. Quizás a todos nos toque en algún momento cambiar de lugar. Hasta entonces...


"Toda dificultad eludida se convertirá más tarde en un fantasma que perturbará nuestro reposo".

sábado, 9 de mayo de 2015

Para aprender necesito equivocarme (la cuestión es que no quiero)

Muchas veces quisiera ser como los niños, que se contentan a los 5 minutos de haberse peleado, y a los 10 olvidan hasta que estuvieron peleados alguna vez. Mi problema es que ni siquiera he peleado. La madurez nos hace más estúpidos en algunos sentidos, y más perspicaces en otros. De niños también somos más vulnerables, pero irónicamente somos más osados. Al crecer, cambiamos el miedo a la oscuridad por el miedo al rechazo; los minutos de enfado por días, y los "-¿qué te pasa?" por los "(¡qué idiota! Ni siquiera me pregunta qué tengo)", por pejemplo. Pero al final, si dejamos que el orgullo hable por nosotros, el silencio será todo lo que nos digamos; el silencio será una indiferencia perfecta. ¿Orgullo? ¡Qué palabra tan etimológicamente absurda! No me siento orgulloso en lo absoluto de ser orgulloso. Lo único que sé es que para aprender necesito equivocarme. La cuestión es que no quiero equivocarme.

lunes, 4 de mayo de 2015

Idealismo

"Yo me enamoré de la luna cuando la vi brillar con una intensidad tal que me deslumbró; fue amor a primera vista. Me desenamoré de ella cuando supe que no brillaba con luz propia; que reflejaba la luz del sol. Pero cuando me fui buscando el brillo original, ese que la luna reflejaba, entendí que lo que amaba no era el brillo como tal, sino la forma en cómo la luna lo reflejaba. Ahora, me gusta más la noche de luna llena que el día soleado, y aunque no le exijo que salga todas las noches, la tengo conmigo siempre. Yo dejo que vaya y venga a su antojo, porque, al fin y al cabo, tenerla siempre es imposible. Además, me perdería el brillo y la belleza de las estrellas alrededor si ella estuviera siempre presente, y dejaría de deslumbrarme su brillo, me acostumbraría a él. Así, aunque ella brilla con luz ajena, yo amo la perfecta forma en la que refleja el brillo."

Dicen que no hay mejor sensación que estar con alguien con quien poder ser tú mismo sin ser juzgado en lo absoluto. Lo complicado es encontrar a esa persona, porque no hay peor nostalgia que esa que sentimos al añorar algo que nunca ha sucedido, ni a alguien que nunca ha existido en nuestras vidas. Quién sabe, quizás ande por ahí, rondando más cerca de lo que pensamos, pero no lo sabemos o no lo vemos porque tenemos en mente otra imagen, otra visión de lo que es, lo "idealizamos" distinto. Ser "idealista" es un grave problema para todos: para unos por esperar demasiado de alguien y para otros porque no alcanzamos esos "ideales".

Idealizar no es tan malo después de todo. Lo grave son los excesos (o deficiencias). Es decir, tenemos unas expectativas con respecto a lo que queremos en nuestras vidas. Lo malo llega cuando cruzamos la línea (esa delgada y confusa línea) entre lo real y lo imaginario. Tras el transcurrir de los años, vamos perdiendo la esperanza de encontrar a esa persona "ideal" que llene por completo nuestras expectativas. Se convierte en un arma de doble filo: por un lado, conformarnos con lo que conseguimos y no con lo que nos merecemos (o creemos merecer); por el otro, quedarnos solos esperando a esa persona que nos complemente, tal y como la imaginamos (y que tal vez nunca llegue).

Al final, cuando nos enamoramos (cuando realmente lo hacemos), lo hacemos de la persona que menos nos imaginamos, y lo hacemos sin saber por qué, y dejamos a un lado los "ideales", tomando los defectos y las virtudes del mismo paquete, sin saber diferenciarlas. Quizás eso es lo peor de todo: no saber por qué nos enamoramos de esa persona. Un viejo proverbio dice que "no es amor si te gusta alguien por su físico, eso es deseo; si te gusta por su inteligencia, es admiración; si te gusta por su dinero, es interés; pero si no sabes, si no logras definir por qué te gusta... Entonces eso, eso sí es amor".

Creamos en nuestra mente, tal vez sin saberlo, un monstruo, una especie de "Frankenstein", conformado por los trozos de viejos amores, de viejas ilusiones, y de viejas sensaciones que nos gustaría revivir. Y cuando por fin está terminado, cuando "vive", es tan monstruoso, que no sabemos qué hacer con él, y empezamos una batalla de supervivencia, entre él y nosotros, donde él nos persigue, y nosotros huimos. No recordamos por qué lo hicimos en primer lugar, sino esa última vez que lo vimos vivo, todo junto, ya creado. Y nos da miedo, miedo de que sea real, de que nos alcance, de que viva algo así cerca de nosotros, porque así somos nosotros, los seres humanos: nos gusta la perfección, pero le tememos, porque es monstruosa.

Quizás hay que dejarse llevar, no por los idealismos, sino por los realismos, sabiendo que hay virtudes que nos deslumbran y que no son tan extraordinarias como pensamos, y hay defectos que nos disgustan, pero que no son tan malos como creemos.

miércoles, 4 de junio de 2014

Donde no puedas amar, no te detengas. Pero, ¿qué si uno quiere detenerse?

Donde no puedas amar, no te detengas.
Pero, ¿qué si uno quiere detenerse?
¿Quien le dice a uno que no puede amar?

Debería ser más bien:
Donde no te puedan amar, no te detengas,
Pero, ¿qué si uno quiere detenerse?
¿Quién le dice que te ame?

Y qué si, en todo caso, se dijera:
Donde no se puedan amar, no se detengan.
Pero, ¿qué si uno quiere detenerse?
¿Quién nos dice que nos amemos?

¿Y quién dice lo contrario?
¿Qué si nos amamos y no nos detuvimos?
¿Qué si se adelantaron?
¿Qué si se retrasaron?

PD: Me quieres, como amigo. Lo sé.
Te quiero, como todo. No lo sabes. O quizás sí. No lo sé.

martes, 20 de mayo de 2014

Costumbres

Hacer siempre cosas distintas cuenta también como costumbre.
Acostumbrarse a no hacer lo mismo siempre.
Lo más difícil de las costumbres, es deshacerse de ellas.
Son como una droga. Adictivas, dañinas, costosas y, sobre todo,
muy placenteras.


Si yo tuviera un amor...

Si yo tuviera un amor,
pasearía por la orilla de la playa
agarrados de las manos, diciéndole:
"tú eres mi paraíso."

Si yo tuviera un amor,
haría todas las locuras
que no me atrevo a hacer
porque estoy cuerdo.

Si yo tuviera un amor,
vería las cosas distintas.
Seguiría imaginando y soñando,
pero haría más realidad esos sueños.

Si yo tuviera un amor,
¿Qué sería de mí si lo tuviera?
Creo que mejor convendría
que él me tuviera a mí.

Porque, ¿si yo tuviera un amor,
que tuviese a otro amor,
qué sería de mí?
¿Qué sería de mí si fuese así?


lunes, 7 de octubre de 2013

Ella

Ella no era como otros amores, llenos de magia, de ilusión, de ternura y de adorables emociones. Era simplemente algo que no podía explicar. Y era precisamente eso lo que la hacía tan especial: su peculiar forma de ser. Tuvo grandes amores, y buenos pretendientes, pero siempre supo lo que quería. Tenía convicción, carácter y algo más. Era admirable, pero humana, con sus virtudes y con sus errores. Era alguien agradable, pero en cierto aspecto, asocial.

Siempre tuvimos cierta especie de empatía, por aquella cuestión de similitudes vivenciales, pero nunca se lo dije. En realidad, nunca le decía nada. Nunca le dije nada. En un principio, lo tomé más como esa empatía, que como cualquier otra cosa. Me agradaba estar con ella, hablar con ella, salir con ella. Me uní a su círculo de amigos. A su familia. Cada vez tenía más y más cosas en común con ella.

Y de repente lo supe, vino a mí como una visión, como una premonición: supe que la quería, que la quería más de lo que podía imaginar (en realidad más de lo que yo podía aceptar). Quizás siempre lo supe.

Había que comenzar, volver a empezar. Aunque sabía que mi corazón posiblemente no resistiría, había que intentarlo. Tenía que volver a amar. Amarla a ella. Pero ya no sabía cómo. Había derribado y construido tantos muros y murallas alrededor de mi corazón, que era lo único que sabía hacer, lo único que recordaba. No podía ofrecerle esto que era, en lo que me había convertido: una especie de desastre, de ser apático, ensimismado, sin expresividad, lleno de emotividades reprimidas, y que sin embargo, sabía ocultar muy bien ante la mayoría de las personas.

Y fue así como un día, sin saber cómo, sin saber por qué, supe que era ella el motivo para ser lo que siempre debí ser. No podía decirle que era ella a quien quería a mi lado. Temía que me rechazara por lo que era: por cobarde. No podía llegar y decirle: "mira, te quiero". Porque un "te quiero" es tan amplio como el mar. Tenía que definirlo primero. Y allí radicaba el primer problema: que no sabía cómo. No podía demostrárselo, porque ella podía malinterpretarlo. Y allí radicaba el segundo problema: que no sabía expresarlo. Así que hice lo que mejor sabía hacer, en lugar de hacer lo que debía haber hecho: escribí en lugar de buscar la mejor manera de demostrarlo, de definirlo.

Y mientras tanto, ella ha sido mi inspiración desde entonces, mientras escribo, mientras pienso, mientras todo. Al menos de lejos te percibo mejor.

lunes, 30 de septiembre de 2013

mamihlapinatapai (miradas que hablar pueden)

Si pudieras entender mis miradas, sabrías lo que mi boca calla.
Si yo pudiera ver lo que se esconde tras la tuya,
quizás pudiera saber lo que callan tus labios.

Y es que nuestras miradas dicen una cosa,
nuestras bocas otra, y nuestras actitudes otra más.
¿Irónico, no? Todo un compilado de lenguajes,
para que al final no podamos entendernos.

Leer las miradas no es cosa fácil.
A veces el subconsciente nos engaña haciéndonos creer
que vemos lo que queremos mirar en ellos.

Pero leer las miradas (así como cualquier lectura)
es algo gratificante, para el que gusta de leer.
Y tu mirada es como esa clase de libros
que puedo leer una y otra vez sin cansarme,
porque en ella encuentro -cada vez que la leo-
un significado distinto, aunque tenga siempre escrito lo mismo.

Mucho antes del habla, las miradas comunicaban
lo que con palabras no sabíamos expresar de otra manera.
Y cualquiera que se haya enamorado -o desenamorado- 
alguna vez a través de la mirada,
sabe que hay miradas que difícilmente las palabras puedan explicar.

En todo caso, el acto de mirarse a los ojos
esperando que el otro inicie lo que ambos desean,
pero que ninguno se decide a comenzar,
sí puede definirse en una palabra: mamihlapinatapai.
Y me encanta mamihlapinatapaizar contigo.


PD: Si los ojos son la ventana del alma, las miradas son los cristales de esa ventana. Por más que cambies los cristales, o que estén sucios, empañados, o rotos, dejarán entrever lo que hay detrás de ellos.

miércoles, 24 de julio de 2013

Eres como una pulga en mi corazón.


Eres como una pulga en mi corazón.
No por lo pequeña, sino por la picada que dejas en él.
Y aunque sé que tarde o temprano sanará,
¡Diablos! ¡Cómo pica!

Eres como una pulga en mi corazón,
pequeña, delicada, frágil, casi inerte,
ágil, saltarina, alocada, no tan inerte,
fastidiosa, escurridiza, para nada inerte.

En realidad, eres una pulga en mi corazón.
Mi corazón que ya de por sí,
es alérgico a las picadas,
la tuya le hace mal.

Hasta he pensado en la posibilidad de echarle pulguicida.
Pero no, en realidad no quiero matarte, solo ahuyentarte.
Porque aunque lo niegue mil veces,
me gusta rascarme el corazón.